
Jesucristo, Salvador y Señor
El actúa como Salvador diversamente según las circunstancias de cada uno. Para quienes necesitan de la alegría, él es la viña (cf.Jn 15:1). Para quienes tienen necesidad de entrar, él es la puerta (Jn 10:7). Para quienes tienen que presentar sus súplicas, ha sido constituido “único mediador” (1 Tim 2:5) y “Sumo Sacerdote” (Hebr 7:26). Pero, a su vez, se convierte en oveja en favor de los pecadores para ser sacrificado en su lugar (Is 53:6-7). Se hace todo para todos permaneciendo él lo que es según su naturaleza. Pues permaneciendo así y detentando una dignidad de hijo que no está sujeta a mutación alguna, desciende hasta nuestras debilidades como médico excelente y maestro bondadoso. Y esto siendo en verdad el Señor, que no ha adquirido el señorío para provecho propio, sino que posee por naturaleza la dignidad de ese señorío. No es llamado abusivamente “Señor” nuestro, sino que verdaderamente lo es: cuando por voluntad del Padre domina sobre las propias criaturas. Nosotros ejercemos un derecho de dominio sobre hombres iguales a nosotros en honor y que están sujetos a las mismas debilidades: a menudo mandamos sobre quienes nos sobrepasan en edad y no es raro que un joven gobierne sobre criados más viejos. Pero en nuestro Señor Jesucristo no existe tal tipo de dominio. Pues en primer lugar es Hacedor y, después, Señor: en primer lugar ha hecho la voluntad del Padre, y es después cuando domina sobre las cosas que ha hecho.
Gloriarse en la cruz
Pero si alguien profundiza más, encontrará también otras causas, aunque baste lo dicho tanto por la escasez de tiempo como por no cansar vuestros oídos, aunque nunca se debe experimentar cansancio de oír los triunfos del Señor, sobre todo, en este Gólgota tres veces santo, pues algunos sólo oyen, pero nosotros también vemos y tocamos. Que nadie se canse. Con la misma cruz toma las armas contra los adversarios. Haz de la fe en la cruz el estandarte contra los contradictores. Cuando tengas que discutir sobre la cruz contra los que no creen, haz antes con la mano la señal de la cruz y callará el enemigo. No te avergüences de confesar la cruz. Pues en ella se glorían los ángeles diciendo: “Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado” (Mt 28:5). ¿Es que acaso no podías, oh ángel, decir: “Sé a quien buscáis, a mi Señor.” Pero “yo, dice sin embargo con confianza, lo he conocido crucificado.” La cruz es, pues, triunfo y no ignominia.
La alegría de la resurrección
“Alégrate, Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis” (Is 66:10a) pues Jesús ha resucitado. “Llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacíais duelo”, al conocer los crímenes y delitos de los judíos. Pues el que fue deshonrado por ellos en estos parajes ha sido devuelto de nuevo a la vida. Y así como la conmemoración de la cruz aportó algo de tristeza, así la fausta noticia de la resurrección debe alegrar a los aquí presentes. “Has trocado mi lamento en una danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría” (Sal 30:12); “mi boca está repleta de tu alabanza y de tu gloria todo el día” (71:8), por causa del que, después de su resurrección, dijo; “Alegraos” (Mt 28:9). Sé que en los días pasados los que aman a Cristo estaban tristes cuando, al terminar nuestro discurso sobre la muerte y la sepultura, y sin hacer un anuncio de la resurrección, el ánimo estaba expectante para oír lo que deseaba. Pero aquél, después de muerto, resucitó “libre entre los muertos” y como libertador de los muertos. El que ignominiosamente fue coronado en su paciencia con corona de espinas, al resucitar se ciñó con la diadema de la victoria sobre la muerte.
Escritos cristianos - San Cirilo de Jerusalén - Jesucristo, Salvador y Señor/Gloriarse en la Cruz/La Alegría de la Resurrección